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Salud multiespecie (SAME)

¿Qué es la salud, quién puede tenerla, quién debe tenerla y qué debe hacerse para tenerla? ¿Quién es escuchado a la hora de responder a estas preguntas y cómo la escucha selectiva determina las formas de vivir, enfermar y morir?

En el mito colonial de la modernidad, el individuo y el ser humano superior definen las respuestas. El hombre occidental es la máxima expresión de la evolución biológica y cultural; su salud viene en primer lugar. Cuanto más distante de la élite, la salud es más un recurso necesario para mantener funcional la fuerza de trabajo y cumplir los requisitos comerciales de bioseguridad. Hay que garantizar un nivel mínimo de salud para que los trabajadores humanos y otros-que-humanos sean rentables, para que los productos de origen animal y vegetal no sean condenados en el mercado. Sin individualismo ni antropocentrismo, el mito colonial de la modernidad se marchita y otras formas de vivir y ser saludable floerescen.

Curiosamente, la propia ciencia moderna está deshaciendo la noción de individuo biológico. Colectivos multiespecies de bacterias coparticipan en los procesos embriológicos, fisiológicos e inmunológicos que conforman los organismos pluricelulares. En el cuerpo humano hay más células bacterianas que humanas. El material genético de los humanos coevoluciona con el de los vivientes que dependen de ellos y de los que ellos dependen. Biológicamente, lo que llamamos humanos son siempre más-que-humanos, colectivos multiespecies que forman parte de otros colectivos multiespecies. Más que individuos, hay cuerpos-territorios o, en jerga biológica, holobiontes. Tú eres un holobionte, como las ballenas diezmadas por el extractivismo y la perturbación de los ecosistemas marinos, o las cucarachas que viven en las alcantarillas insuficientes para la superpoblación de las ciudades tomadas por el mercado inmobiliario.

Ideológicamente, el individuo autosuficiente, independiente y egoísta es el personaje de la ficción conocida como “estado de naturaleza”. En una versión de esta ficción, los hombres en permanente conflicto y paranoia buscan robar a los demás y no dejarse robar y matar. Entre las soluciones dadas para superar el estado de naturaleza figura el contrato social, en el que un cálculo egoísta convence a los hombres libres, iguales e independientes de la ventaja de renunciar a la libertad total para adherirse a la autoridad conferida a un gobernante que garantiza la protección de la propiedad privada y de la vida. En la época en que se formuló esta solución, se entendía que las mujeres dependían de sus maridos y, por tanto, no eran libres, iguales e independientes, lo que les impedía participar en el contrato. Así nació el Estado-nación moderno, una ficción estructurante de la interpretación y organización de la realidad social que, tras haber sido una salida a los regímenes monárquicos, se convirtió en un dispositivo más de opresión. Un estado de naturaleza ficticio que ha sido superado por una realidad moderna, es decir, genocida y belicosa como ninguna otra; la misma de las guerras mundiales y del nazismo; la de las armas nucleares; la que hizo un globo terráqueo, dibujó en él el planeta para repartirlo entre hombres blancos e impuso violentamente sus costumbres al mundo (globalización); la que llama al Antropoceno de Capitaloceno mientras vende soluciones verdes y hace la tierra más hostil a la diversidad biocultural. Un mínimo de realismo invalida a este individuo moderno, porque nacemos, crecemos y vivimos en interdependencia, movilizando diversos afectos que van mucho más allá del conflicto y la paranoia. Si hay individuos, ellos no son criaturas “indivisibles”, sino configuraciones relacionales, cuya materialidad, agencia y significado surgen y tienen lugar en estas relaciones.

Pero, ¿quiénes somos? En el mito colonial de la modernidad, existe un ser humano superior cuya existencia depende de un punto de comparación inferior. La animalización fue la solución encontrada por los modernos para apoyar esta idea de superioridad. Por medio de ella se crea al animal como referencia de inferioridad, a la que se opone el humano superior: blanco, masculino, heterosexual, de origen europeo. La animalización colonial es un dispositivo de producción de Otros inferiores, aplicado tanto a los vivientes otros-que-humanos como a los humanos; desde los no-blancos exhibidos en los zoológicos hasta principios del siglo XX, hasta los no-blancos actuales que, junto con otras personas queer, tienen menos privilegios, son insultados al atribuírseles características animales o “tratados como animales”. Es en este espectro degradante que va del hombre al animal donde “nosotros” y “los otros” se convierten en categorías inteligibles para la modernidad. Decolonialmente, ser tratado como animal es ser tratado con respeto, ya que esta animalidad no es una condición inferior marcada por la falta de la esencia del hombre. Es lo que compartimos con una multiplicidad de otros animales. Desde el punto de vista de la animalidad decolonial, “quiénes somos” es siempre una cuestión situada y el Otro no es inferior, sino circunstancialmente diferente, un viviente por el cual preocuparse.

El cuidado colectivo de nosotros mismos y de los demás – sin individualismo ni antropocentrismo – es la base de la salud multiespecie que concebimos. Lejos de ser una abstracción ingenua de un mundo sin sufrimiento, este cuidado consiste en tomarse en serio los intereses de los demás, involucrándose en los conflictos buscando resolverlos de la forma más justa posible y cultivando nuestra empatía por otras vivientes. Aunque especie es, por un lado, una categoría de la taxonomía biológica, también denota y connota un conjunto de entidades con algo en común. Puede haber especies biológicas, pero también especies de seres, conocimientos, relaciones y existencias. Por lo tanto, los colectivos multiespecíficos no se limitan a los vivientes, ni mucho menos a los animales. La composición de un determinado colectivo multiespecie es siempre circunstancial y está vinculada a un punto de vista. El colectivo puede ser un bosque; el microbioma de una parcela de tierra; dos gatos, una mujer, un apartamento y un condominio; artefactos, discursos, instituciones, personas asalariadas y ratones inmersos en un laboratorio de genómica; un bebé. La salud de los colectivos multiespecies así entendida se encuentra en la periferia colonial-capitalista de la modernidad. Lo que busca esta salud no es la inclusión de las periferias en el centro colonial; al contrario, busca hacerlas tan periféricas que queden fuera del alcance de la marginalización patológica operada por ese centro. Se trata de una salud pública y colectiva, basada en el buen vivir, que no quiere cerrar prematura y antropocéntricamente la composición de lo público y lo colectivo.

La Red SAME (Red de Salud Multiespecie) empezó llamándose Red SUP (Salud Única de las Periferias), en un intento de descolonizar lo que en el Norte global se denomina “Una Salud” (Salud Única), para referirse a la salud de los seres humanos, los animales y el medio ambiente. Sin embargo, la propia expresión entraña una connotación colonial y acabamos concluyendo que es mejor evitarla. Las especies biológicas tienen funciones ecológicas y epidemiológicas diferentes. En muchos aspectos hay más similitudes entre humanos y ratas que entre ratas y águilas, o entre humanos y perros que entre mosquitos y rinocerontes. Sin embargo, ” Una Salud ” agrupa y reduce la diversidad animal en la categoría “animal” y retira de ella a los humanos para situarlos en una categoría excepcional y separada, la de los humanos y sólo humanos; a los demás vivientes los agrupa en la categoría “medio ambiente”, distinguiendo a veces a las plantas. En esta categorización, los vivientes humanos y otros-que-humanos no son ambientes (colectivos multiespecies, cuerpos-territorios, holobiontes).

Una Salud dice que la salud es Una. Si es así, no entonces no hay salud y Una Salud, ya que no son dos, sólo una: salud. Pero lo que vemos es una multiplicidad: salud pública, nueva salud pública, salud colectiva, salud comunitaria, salud ambiental, salud planetaria, salud global, ecosalud. La propia Una Salud se ha  quedado corta en su alcance y, además de Una Salud de las Periferias, existe Una Salud Estructural, Una Salud Justa, Una Salud Relacional y Mas-que-Una Salud. Si estos adjetivos son enfoques de una única salud, de la propuesta de todos ellos se desprende que Una Salud es sólo un enfoque más, no engloba a todos los demás, ni es el único que se ocupa de la salud de los vivientes otros-que-humanos. En  portugués, One Health es traduzida como “Saúde Única” e “Único” es un adjetivo que significa excepcional, sin igual, que sólo hay uno, superior a los demás. Ciertamente, Una Salud tiene sus particularidades y ha tenido y seguirá teniendo personas bien intencionadas que intentan promover la salud, pero eso vale para cualquiera de los otros enfoques mencionados, que no son inferiores a la Salud Única.

El Sistema Único de Salud (SUS), sistema nacional de salud brasileño, nos plantea otro tipo de desafío. Defendemos un sistema de salud pública robusto y la situación actual nos recuerda que eso significa defender un SUS cambiante, capaz de responder a la complejidad de nuestro tiempo. A pesar de su nombre, el SUS no es único. En el territorio que desde hace tiempo muchos llaman Brasil, hay pueblos indígenas, especialmente los no invadidos por la colonización moderna (“aislados”), que cuidan de su salud por medios distintos del SUS. También hay quienes utilizan el SUS, pero al mismo tiempo recurren a otros sistemas de salud no occidentales fuera de el. Por desgracia, también hay un sistema de salud privado que está socavando al SUS. Por otra parte, los usuarios que concibe el SUS son humanos y, cuando atiende a otros vivientes, lo hace antropocéntricamente. Y si esos vivos continúan existiendo, es porque tienen salud para hacerlo. ¿Quién cuida de ellos? A veces sistemas de salud antrópicos para vivientes otros-que-humanos, pero conviene recordar que los propios vivientes son, también, sistemas de salud que, cuando dejan de funcionar, mueren. Un SUS con capacidade de respuesta no puede cerrarse a la autocrítica y a la eventual conclusión de que nunca fue único, sólo mal llamado.

En el mito occidental, sólo existe Un universo, el descubierto por Occidente, en el que la ciencia es la Única fuente de verdad y el camino de la modernidad es el Único que el hombre debe seguir. Esta monocultura colonial se está desmoronando con la crisis civilizatoria que vivimos, cada vez más incompatible con la vida en la Tierra, como atestiguan las propias ciencias modernas. Necesitamos entender y vivir de una manera distinta a la que nos trajo a tal crisis. Esto no significa prohibir las ciencias y tecnologías occidentales, sólo reorientarlas hacia intereses decoloniales, sin convertirlas en hegemónicas. Tampoco significa negar la idea de unidad y totalidad. Es unificando y totalizando que componemos colectivos, pero estos procedimientos (en plural) son provisionales, hay que rehacerlos para recomponer colectivos, corrigiendo marginalizaciones que injustamente dejan a algunos fuera de ellos. Contra las narrativas que pretenden ser las únicas, especialmente el monólogo de la modernidad, preferimos enfatizar la multiplicid

A través de la universalización y la naturalización, podemos convencernos de que la modernidad, es decir, el orden colonial-capitalista, es lo único que existe y puede existir, a pesar de ser reciente y provinciano, además de impuesto de forma generalizada y violenta. Cualquier alternativa o cuestionamiento es sistemáticamente ridiculizado e inferiorizado con el fin de borrar e impedir formas de ser y de vivir que no estén alineadas con los intereses coloniales-globales. Los amos de la casa grande, “preocupados socioeconómicamente”, se opusieron al fin de la esclavitud porque tendría un fuerte impacto económico y social. Además, “cuidavan de la salud” de sus esclavos, mediante estrategias que se reflejaban en indicadores cuantitativos de morbilidad, mortalidad y reproducción. ¿Qué tipo de economía y sociedad es la que no se ve brutalmente impactada por la esclavitud, sino por el fin de la misma? ¿Qué tipo de salud es la que mejora los indicadores objetivos medidos en esclavos y no busca el fin de la esclavitud? ¿Cuáles son las formas actuales de esclavitud y quiénes son los vivientes acutalmente marginalizados en los que se mejoran los indicadores mientras se naturaliza la marginalización patológica a la que están sometidos?

Los amos actuales, “socioeconómicamente preocupados”, siguen defendiendo las opresiones que sustentan sus privilegios, para evitar cambios estructurales que tendrían un fuerte impacto económico y social. Esa es la cuestión, porque los cambios estructurales contra la injusticia no dejan las cosas como están, generan impactos destructivos sobre la economía y la sociedad opresoras, para construir economías y sociedades solidarias, a favor de los colectivos multiespecies más vulnerables. Los señores y sus acólitos siempre están dispuestos a defender el agronegocio, mientras ignoran, condenan o ridiculizan (tres estrategias ideológicas) la agroecología y la reforma agraria. “¿Está pensando en los animales, las plantas y la naturaleza mientras hay millones de niños hambrientos? Lo que se necesita es hacer crecer el PIB produciendo toneladas de carne barata!”. La solución milagrosa del agronegocio parte de la base de que no hay externalidades, para poder decir que la carne es barata; omite que nada es barato para los que viven en la pobreza; no cuestiona quién se lleva la mayor parte del PIB; no se preocupa con la soberanía y la diversidad alimentaria. Una cosa es acabar con la pobreza y producir alimentos diversos y sanos, y otra enriquecer a los oligopolios produciendo alimentos de segunda para ciudadanos de segunda. Los señores de hoy aplican esa misma lógica en cualquier ámbito mercantilizado; para ellos, ninguna misión es imposible mientras esté alineada con sus intereses, de lo contrario es una tontería, una ingenuidad y una utopía condenada al fracaso.

La salud colonizadora (o la colonización de la salud) recibe varios nombres, es supuestamente neutra porque es científica y busca mejorar los indicadores cuantitativos que definen estrecha y convenientemente la salud de los vivientes humanos y otros-que-humanos. Consigue mejorar algunos indicadores de salud de vivientes marginalizados, pero nunca se toma en serio los efectos patológicos de la marginalización, ya que sin ésta se deshace la colonialidad. Es un tipo de salud que habla de la “historia natural” de las enfermedades y elimina de esas historias los efectos patológicos de la marginalización, reservando el papel causal sólo a microorganismos, moléculas, fallas orgánicas y otros objetos de intervención que no comprometan el mito de la modernidad.

Los movimientos de salud decoloniales no son una negación abstracta de las estructuras hegemónicas de opresión. Si las opresiones son estructurales, de alguna manera las reproducimos, aunque queramos acabar con ellas. Sin embargo, las estructuras no son inmutables y tampoco dan  cuenta de todo lo que existe. Es ahí donde entra en juego la (de/contra/anti)colonización, en un auténtico esfuerzo por reproducir cada vez menos esas estructuras patológicas, en alianza con otros colectivos multiespecies que han resistido a los genocidios y ecocidios modernizadores. La promoción decolonial de la salud multiespecie no tiene una fórmula mágica para realizar instantánea y absolutamente una utopía. En consecuencia, procede a partir de las posibilidades situadas que encuentra en el cotidiano, heredando y asumiendo conscientemente tanto el peso de la historia y del presente coloniales como la resistencia decolonial, para que las utopías de hoy se conviertan en las realidades de mañana. Si las utopías no se materializan, las distopías toman el relevo.

El planeta está febril, recalentado por el cambio climático. No queremos antipiréticos para enmascarar el crecimiento del cáncer colonial disfrazado de globalización benévola; queremos extirparlo. Es una operación invasiva, nunca realizada, con la probabilidad de nuevas metástasis y un mal pronóstico. Pero sin cirugía, el pronóstico es sombrío. No hay una salida sencilla de este embrollo.

La salud multiespecie abarca experiencias, entendimientos y transformaciones decoloniales; es una praxis de acciones informadas por el conocimiento de los efectos patológicos de la marginalización, que construye conocimiento a partir de estas acciones; es una invitación y una elección para ser y vivir de otras maneras, interesadas en el buen vivir multiespecie y, por tanto, cada vez más alejadas del centro colonial-capitalista-moderno que da comodidad a unos pocos – principalmente blancos – a costa de la opresión de muchos. La salud multiespecie es otra forma de multiplicar la fuga decolonial en curso.

Y tú, holobionte, ¿vas a creer en el mito de la modernidad o te vas a comprometer con la salud multiespecie?